Si me dieras tan solo un segundo más para hablar contigo, es muy posible que tuviese algo que añadir. Y si al marcharte te detuvieras y girases una vez más la vista hacia atrás, recordaría otra cosa que debía contarte. Así sucesivamente, en un bucle infinito por el que nunca nos llegaríamos a despedir. Y aunque desaparezcas por completo, tarde o temprano vendrían a mi mente infinitas cosas que decirte, bajarían hasta mi garganta, pero ya no las dejaría salir. Callaría para siempre, las escribiría y las lanzaría al mar, con la fe ciega de que el agua las arrastrará hasta ti.
Y vaya donde vaya no encontraré
el silencio, pues tu risa, tus llantos y tu voz compondrán la banda sonora que sonará
de fondo. Da igual que reces porque siga con mi camino y te convierta en un
mero recuerdo más, de nada servirá, aunque le vuelques a tus oraciones todo tu
corazón. Una parte de mí siempre te estará esperando, y siempre tendré algo más
que decir.
No me molestaré en luchar contra
ello.
En el mejor de los casos, lo
normalizaré, como si fuese una prótesis que me palpite cuando vaya a llover. Y
recibiré con agrado esa sensación de dolor, esperando que la lluvia, capaz de
conectar cielo y tierra, llegue también hasta ti para recordarte que siempre tendré algo
más que decir.
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