Me vi caminando en medio de un camino que se abría a través de un secarral, a un ritmo constante, pero con desgana y sin saber el tiempo que transcurrió hasta darme cuenta de que no recordaba como había llegado hasta allí. Miré hacia arriba a contemplar un cielo nublado de esos que no presagian la lluvia, de esos que solo están ahí para cortar la respiración y hacer más denso el silencio. Proseguí cabizbajo apartando con los pies las piedras del camino, sin notar cansancio ni impulso, sentía que avanzaba hacia delante del mismo modo que existía, por mera inercia.
El camino comenzó a elevarse y tras una pequeña montaña vi elevarse un gran edificio abandonado, negro e imponente por sus cuarenta metros de altura en mitad de la nada. Debía haber tenido fines de almacenamiento industrial, y ahora parecía un monumento a una civilización que ya no existía.
He visitado grandes ciudades como Roma, Nueva York, Munich y un largo etcétera, de todas las épocas, pero es imposible ver un monumento o un edificio completamente vacío, por mucho que madrugues siempre hay vestigios de que no estas solo, de que no es para ti. Ese edificio, que más bien parecía una cárcel de una película antigua, por feo que fuese, te ofrecía esa oportunidad. Aunque eso no fue lo que me hizo acelerar el paso, fue que ya lo había visto antes.
Una vez lo vi a lo lejos, mientras paseaba con una mujer, me explicó que llevaba muchos años abandonado y yo le pregunté si podría ir a visitarlo solo. Ella se mostró divertida, y me advirtió que era mejor no ir de noche, que dentro había cristales y que en ocasiones allí dentro moraba un dragón.
Puede resultar evidente que lo dijese de broma, de hecho, lo di por sentado, aun así, me propuse volver allí solo algún día a hacer una expedición y confirmar si de verdad allí no había ningún dragón. Ahora sin saber cómo, ese día había llegado.
Mi apatía no había cesado y, para combatirla, comencé a imaginar como sería si realmente llegase allí y encontrase una bestia alada de grandes dientes que podría chamuscarme con un suspiro. Pensé que lo más sensato en ese caso, sería comprobarlo de lejos e irme de allí sin hacer ningún ruido. Enfrentarse a él o acercarse para poder observarle parecía una idea más propia de una historia fantástica en la que liberan a un pueblo o la persona amada. En ese momento, en mi delirio, recordé de nuevo a la mujer con la que había visto el edificio, pensé que podría tenerla atrapada. Para mi sorpresa, caí en la cuenta de que, sin dudarlo, me enfrentaría al dragón por ella.
Volví a la realidad y sonreí riéndome de mismo. Volvió a inundarme el desánimo, sabía que allí podría encontrarme los cristales, algún bicho asqueroso, murciélagos en el mejor de los casos, pero no habría rastro del dragón ni de la chica. En cualquier allí estaba y me relajaba saber que ahora tenía el objetivo de llegar allí.
Por el camino me percaté de que soplaba algo de viento, mecía los árboles y movía sus hojas, pero yo no sentía nada, solo veía el movimiento. Era como uno de esos videojuegos fotorrealistas que hay ahora. Seguro que podrían hacer juegos en los que simulen el contacto del viento y el olor a aire fresco, se considerará un gran avance, aunque para mi será deprimente.
Para abstraerme de mi propia amargura, pensé que tipo de dragón me podría encontrar, se me venía a la cabeza el de La Bella Durmiente, en el que se transforma Maléfica al final de la película, me resultaba bastante terrorífico de niño. Yo no tenía espada para enfrentarme a él, como el príncipe, pero siendo realistas, tampoco me serviría de mucho. También pensé en la dragona de Shrek, esa ofrecía la oportunidad de seducirla como hizo Asno, dando tiempo a Shrek para seguir el plan. Lo malo es que yo iba solo, y no creo que se me diese bien seducir a la dragona, seguro que se me notaría que realmente estaba buscando a otra. Por último, pensé en Smaug, de El Hobbit, ese hablaba con Bilbo. Me parecía la opción más plausible, tal vez con diligencia tendría una mínima oportunidad de conseguirlo. Ella ya me lo decía: “me has demostrado que hay otras formas de luchar”.
Sin darme cuenta, finalmente había llegado allí, bajando una pequeña cuesta desde donde me situaba, el viejo almacén se alzaba imponente ante mí, rodeado por una verja con una puerta de entrada situada al otro lado. Mientras la rodeaba trataba de comprobar si allí sentía algo, no parecía haber otro ser vivo, a parte de mí, en cien kilómetros a la redonda. Fue entonces, cuando llegaba a la puerta por la que acceder al recinto, cuando noté un brusco movimiento y cientos de pájaros salían despedidos por todas las ventanas.
De pronto volvía a sentir el aire, la sangre correrme y aumentaba el calor. Cerré los puños, los ojos apreté los dientes y me dirigí decidido a la oscura entrada de aquel edificio. Por remota que fuese la posibilidad, si había una sola buena razón para haber llegado hasta allí era encontrarla a ella.
Nada más entrar se levantaron cenizas que cubrieron mis zapatillas blancas, agudicé el oído en busca de un rugido, lo que no esperaba es que este apareciese en forma de lamento. Tras avanzar unos pasos y que me vista se acostumbrase a la oscuridad, pude ver una pequeña rendija amarilla que se iba haciendo más grande hasta mostrar el ojo del tamaño de una pelota de tenis. Al momento se abrió el otro y el lamento más monstruoso que había oído nunca, se repitió de nuevo. En las grises escamas de esa criatura se arrastraban gotas rojas cayéndose de sus ojos. Retrocedí y miré a todas partes tratando de ver si allí había alguien más, pero en ese viejo almacén de paredes chamuscadas y cristales rotos solo estábamos el dragón y yo. Al acercarse a mi y permitir que la luz le iluminase más, pude ver una piel arrugada como la de una higuana, y cuatro grandes patas con garras desgastadas que se arrastraban junto a una larga cola que dejaba su paso grandes charcos de sangre.
Allí me hallaba yo, observando a un dragón aciano y enfermo, sin rastro de fuerza ni de intención de atacarme y sin esconder en ninguna parte a la mujer por la que estaba dispuesto a enfrentarme con él. La determinación dio paso a la lástima. Sin duda aquella criatura en otro tiempo habría aterrorizado, asesinado y destruido mucho a su paso en otro tiemp. No iba a atacarme, tampoco a seducirme y mucho menos a hablarme, tan solo miraba hacia mí con hastío y con la resignación del que solo espera a que le llegue la muerte.
A pesar de lo vivido, volvía a estar igual, refrenado por el mismo desencanto ante la vida, había llegado al edificio, había encontrado al dragón, pero allí no estaba la chica ni ninguna lucha final para mí. Solo me quedaba la lástima, tal vez pudiese ayudar a ese animal que no tenía ya fuerzas ni para moverse. Al ver que avanzaba hacia él, el dragón dio un enorme rugido, fruto del sobreesfuerzo que estaba empleando en alzar la cabeza. Una cabeza que ante mi sorpresa giraba de izquierda a derecha, una negación contundente, y cayó desplomado de nuevo, tras haber dado sus últimas fuerzas para dejarme un mensaje “si tanto quieres verla, ve por ella y déjame en paz”.
Ella no necesitaba que la rescatase nadie, yo no tenía porque derrotar a un dragón. Los tiempos en los que fuese un problema habían pasado y yo no podría seguir aferrándome a eso. Pero eso no quiere decir que no podía ir hasta ella, así que di media vuelta y sintiendo como la vida abandonaba a esa bestia, proseguí decidido y sin echar la vista hacia atrás.