miércoles, 9 de septiembre de 2026

Como dejar a tu dragón

 Me vi caminando en medio de un camino que se abría a través de un secarral, a un ritmo constante, pero con desgana y sin saber el tiempo que transcurrió hasta darme cuenta de que no recordaba como había llegado hasta allí. Miré hacia arriba a contemplar un cielo nublado de esos que no presagian la lluvia, de esos que solo están ahí para cortar la respiración y hacer más denso el silencio. Proseguí cabizbajo apartando con los pies las piedras del camino, sin notar cansancio ni impulso, sentía que avanzaba hacia delante del mismo modo que existía, por mera inercia.

El camino comenzó a elevarse y tras una pequeña montaña vi elevarse un gran edificio abandonado, negro e imponente por sus cuarenta metros de altura en mitad de la nada. Debía haber tenido fines de almacenamiento industrial, y ahora parecía un monumento a una civilización que ya no existía.

 He visitado grandes ciudades como Roma, Nueva York, Munich y un largo etcétera, de todas las épocas, pero es imposible ver un monumento o un edificio completamente vacío, por mucho que madrugues siempre hay vestigios de que no estas solo, de que no es para ti. Ese edificio, que más bien parecía una cárcel de una película antigua, por feo que fuese, te ofrecía esa oportunidad. Aunque eso no fue lo que me hizo acelerar el paso, fue que ya lo había visto antes.

Una vez lo vi a lo lejos, mientras paseaba con una mujer, me explicó que llevaba muchos años abandonado y yo le pregunté si podría ir a visitarlo solo. Ella se mostró divertida, y me advirtió que era mejor no ir de noche, que dentro había cristales y que en ocasiones allí dentro moraba un dragón.

Puede resultar evidente que lo dijese de broma, de hecho, lo di por sentado, aun así, me propuse volver allí solo algún día a hacer una expedición y confirmar si de verdad allí no había ningún dragón. Ahora sin saber cómo, ese día había llegado. 

Mi apatía no había cesado y, para combatirla, comencé a imaginar como sería si realmente llegase allí y encontrase una bestia alada de grandes dientes que podría chamuscarme con un suspiro. Pensé que lo más sensato en ese caso, sería comprobarlo de lejos e irme de allí sin hacer ningún ruido. Enfrentarse a él o acercarse para poder observarle parecía una idea más propia de una historia fantástica en la que liberan a un pueblo o la persona amada. En ese momento, en mi delirio, recordé de nuevo a la mujer con la que había visto el edificio, pensé que podría tenerla atrapada. Para mi sorpresa, caí en la cuenta de que, sin dudarlo, me enfrentaría al dragón por ella.

Volví a la realidad y sonreí riéndome de mismo. Volvió a inundarme el desánimo, sabía que allí podría encontrarme los cristales, algún bicho asqueroso, murciélagos en el mejor de los casos, pero no habría rastro del dragón ni de la chica. En cualquier allí estaba y me relajaba saber que ahora tenía el objetivo de llegar allí. 

Por el camino me percaté de que soplaba algo de viento, mecía los árboles y movía sus hojas, pero yo no sentía nada, solo veía el movimiento. Era como uno de esos videojuegos fotorrealistas que hay ahora. Seguro que podrían hacer juegos en los que simulen el contacto del viento y el olor a aire fresco, se considerará un gran avance, aunque para mi será deprimente. 

Para abstraerme de mi propia amargura, pensé que tipo de dragón me podría encontrar, se me venía a la cabeza el de La Bella Durmiente, en el que se transforma Maléfica al final de la película, me resultaba bastante terrorífico de niño. Yo no tenía espada para enfrentarme a él, como el príncipe, pero siendo realistas, tampoco me serviría de mucho. También pensé en la dragona de Shrek, esa ofrecía la oportunidad de seducirla como hizo Asno, dando tiempo a Shrek para seguir el plan. Lo malo es que yo iba solo, y no creo que se me diese bien seducir a la dragona, seguro que se me notaría que realmente estaba buscando a otra. Por último, pensé en Smaug, de El Hobbit, ese hablaba con Bilbo. Me parecía la opción más plausible, tal vez con diligencia tendría una mínima oportunidad de conseguirlo. Ella ya me lo decía: “me has demostrado que hay otras formas de luchar”.

Sin darme cuenta, finalmente había llegado allí, bajando una pequeña cuesta desde donde me situaba, el viejo almacén se alzaba imponente ante mí, rodeado por una verja con una puerta de entrada situada al otro lado. Mientras la rodeaba trataba de comprobar si allí sentía algo, no parecía haber otro ser vivo, a parte de mí, en cien kilómetros a la redonda. Fue entonces, cuando llegaba a la puerta por la que acceder al recinto, cuando noté un brusco movimiento y cientos de pájaros salían despedidos por todas las ventanas.

De pronto volvía a sentir el aire, la sangre correrme y aumentaba el calor. Cerré los puños, los ojos apreté los dientes y me dirigí decidido a la oscura entrada de aquel edificio. Por remota que fuese la posibilidad, si había una sola buena razón para haber llegado hasta allí era encontrarla a ella.

Nada más entrar se levantaron cenizas que cubrieron mis zapatillas blancas, agudicé el oído en busca de un rugido, lo que no esperaba es que este apareciese en forma de lamento. Tras avanzar unos pasos y que me vista se acostumbrase a la oscuridad, pude ver una pequeña rendija amarilla que se iba haciendo más grande hasta mostrar el ojo del tamaño de una pelota de tenis. Al momento se abrió el otro y el lamento más monstruoso que había oído nunca, se repitió de nuevo. En las grises escamas de esa criatura se arrastraban gotas rojas cayéndose de sus ojos. Retrocedí y miré a todas partes tratando de ver si allí había alguien más, pero en ese viejo almacén de paredes chamuscadas y cristales rotos solo estábamos el dragón y yo. Al acercarse a mi y permitir que la luz le iluminase más, pude ver una piel arrugada como la de una higuana, y cuatro grandes patas con garras desgastadas que se arrastraban junto a una larga cola que dejaba su paso grandes charcos de sangre.

Allí me hallaba yo, observando a un dragón aciano y enfermo, sin rastro de fuerza ni de intención de atacarme y sin esconder en ninguna parte a la mujer por la que estaba dispuesto a enfrentarme con él. La determinación dio paso a la lástima. Sin duda aquella criatura en otro tiempo habría aterrorizado, asesinado y destruido mucho a su paso en otro tiemp. No iba a atacarme, tampoco a seducirme y mucho menos a hablarme, tan solo miraba hacia mí con hastío y con la resignación del que solo espera a que le llegue la muerte.

A pesar de lo vivido, volvía a estar igual, refrenado por el mismo desencanto ante la vida, había llegado al edificio, había encontrado al dragón, pero allí no estaba la chica ni ninguna lucha final para mí. Solo me quedaba la lástima, tal vez pudiese ayudar a ese animal que no tenía ya fuerzas ni para moverse. Al ver que avanzaba hacia él, el dragón dio un enorme rugido, fruto del sobreesfuerzo que estaba empleando en alzar la cabeza. Una cabeza que ante mi sorpresa giraba de izquierda a derecha, una negación contundente, y cayó desplomado de nuevo, tras haber dado sus últimas fuerzas para dejarme un mensaje “si tanto quieres verla, ve por ella y déjame en paz”.

Ella no necesitaba que la rescatase nadie, yo no tenía porque derrotar a un dragón. Los tiempos en los que fuese un problema habían pasado y yo no podría seguir aferrándome a eso. Pero eso no quiere decir que no podía ir hasta ella, así que di media vuelta y sintiendo como la vida abandonaba a esa bestia, proseguí decidido y sin echar la vista hacia atrás.


lunes, 22 de septiembre de 2025

Dos pantallas

 En los últimos días se había propuesto descubrir algún pequeño placer cotidiano. Hoy había elegido recrearse en las ventajas que le daba en el trabajo la doble pantalla. Dos monitores a su servicio, multiplicidad de tareas, un archivo excell y un pdf que bailaban al compás de su ratón y sus atajos de teclado. Subió el volumen de sus auriculares, le dio ritmo a su tarea. Parecía la evasión perfecta, una pequeña victoria en la lucha constante con la monotonía. Él sabía que debía romperse, era inevitable, sería súbito, contundente, y no por ello menos aburrido. Podría ser un mal gesto con el cuello, cuyo dolor le sacase de allí, una llamada al teléfono, un email inesperado de su jefe, pero no fue nada de eso.

Fue el sonido de una voz, una cuya frecuencia le alcanzaba de un modo que era imperceptible a los demás. Una voz que le era tan familiar como distante y que era capaz de captar toda su atención y a la vez mostrarle la mayor de las indiferencias. Mientras en la oficina se iniciaaba una conversación, él se escabulló hacia el baño tratando de pasar desapercibido. Podía sentir una mirada que le seguía, pero por no nada del mundo iba a volver su mirada hacia atrás.

Se echaba agua fría en la cara, una y otra vez, de manera compulsiva. Cuando al fin se detuvo, alzó la cabeza y busco su propio reflejo en el espejo. Se encontró con una mirada impasible, de resignación hacia un dolor que se negaba a comprender. La voz ya se hallaba lo suficientemente lejos para que no llegase a sus oídos, pero no había distancia posible para que se fuese de su cabeza.

No había escapatoria, así que cabizbajo, dio media vuelta para enfrentarse de nuevo a ella. Regresaría y se mostraría impertérrito, seguiría fingiendo que no iba con él nada de lo que sucediese a su alrededor. Aunque sabía que ya nada sería igual, la voz le llevará a asomarse hacia dónde no quiere mirar, hacia donde sabe que no puede llegar.

Pero también sabe que debería estar agradecido, por haber madurado lo suficiente para saber que es un lugar que no le convendría, que solo es un bonito sendero que no conduce a ninguna parte. Pero al que sin embargo anhela con perderse en él para siempre.

Ya con algo más de convicción se había dirigido a la puerta, pero al abrirla notó como algo no iba como debería. Sintió una brisa que de ningún modo podría llegar a un lugar tan alejado de las ventanas, como era el pasillo de su oficina. Entraba una luz que solo el sol más cercano al crepúsculo podía ofrecer y una calidez que desconocía por completo. Aun así, terminó de abrir la puerta, y el maldito sendero se alzó hacia él, en un pasillo de largos abetos que culminaba en un avanzado atardecer.

-Al final has venido- dijo una voz masculina, de un hombre de avanzaba edad.

Él permaneció indiferente avanzó sin tan si quiera devolverle la mirada, en ese momento nada parecía que le pudiese detener. Como poseído, caminaba hacia delante, ansioso, sin plantearse ni remotamente que pudiese elegir, que le quedase voluntad.

- A dónde vas no hay dobles pantallas- le insistió.

- ¿y a quién le importa? – respondió ensimismado.

- Hace unos minutos parecías disfrutarlo, antes eras tan anodino que habrías sido incapaz.

- Antes vivía siempre en la inopia. Ahora déjame avanzar.

-Y sigues igual, porque ahora crees darte cuenta de todo, pero ni si quiera eres capaz de darte la vuelta y ver todo lo que has avanzado.

Por un instante, fue capaz de detenerse, dejo de caminar y esta vez volvió la vista hacia atrás. El agua aun caía del grifo en el que se había lavado la cara. El sendero ya no estaba, pero aun podía volver a disfrutar de su doble pantalla.

lunes, 17 de febrero de 2025

En velocidad de crucero

Cuando llega un punto en el que el tráfico se ha despejado, me dispongo a acelerar y tras un adelantamiento reduzco un poco mi velocidad. Después de unos kilómetros con un ritmo constante, en velocidad de crucero, el navegador me indica que se acerca la salida y vuelvo a decelerar. Trato de que sea suave, sin cambios bruscos, entro en la ciudad y aumento mi concentración en la conducción. Llego hasta el aparcamiento y maniobro de manera mecanizada. Una vez aparcado, apago el motor y se hace el silencio. 

Cuando me quito el cinturón, me dispongo a salir para coger mi abrigo del asiento trasero, pero hoy me quedo quieto, me inclino hacia atrás y levanto la mirada hacia el techo. Cierro los ojos y cuando los abro de nuevo y miro hacia delante, me doy cuenta de que el silencio es sepulcral. Me concentro en el tacto del volante con la mano que permanece en él, repiqueteo con los dedos para cerciorarme de que el sonido no ha dejado de existir. Tras unos minutos sentado, me doy cuenta de que no quiero salir del coche. 

Siento que, en el momento en el que accione el picaporte de la puerta, activaré de nuevo un engranaje, que encadenará otros cientos de ellos hasta ponerse en marcha la maquinaria otra vez. Una maquinaria de la que yo también formo parte y que también me hará moverme. 

Aunque hoy no quiera, no porque este más cansado, si no porque es tentador pensar que si no activo el picaporte realmente se me va a permitir parar. O que todo va a parar para esperarme a mí. Nada me impide quedarme aquí e imaginar que es posible. Engañarme unos segundos, hacer una pequeña escapada. Mientras divago, me doy cuenta de que ya he salido del coche, he recorrido mi calle, he saludado un conocido y comentado el partido de anoche, mostrándome indignado con el arbitraje. He mirado el WhatsApp, he respondido los mensajes y estoy sacando las llaves para abrir la puerta de mi casa. 

Dios sabe que no me apetecía hacer nada de eso, pero tampoco me ha supuesto ningún esfuerzo. Me he movido por inercia. Y no siento que tenga derecho a quejarme, pues me moveré conforme y en consonancia a como soy, a mis decisiones, a mis aciertos y mis errores. Aferrado a la fe de que sigo un camino que lleva a alguna parte, consciente por experiencia de que es mejor tenerla que quedarme detenido por la duda. 

Una vez tumbado en la cama pienso en que me gustaría que algo me hiciese rebelarme, me empujase a contradecir a la lógica y que nadie se atreviese a cuestionarme al ver de nuevo el brillo en mis ojos. En ocasiones he tratado de forzarlo, he intentado engañar a mis sentidos, he buscado una llamada entre el gentío, un fogonazo en las sombras, pero solo he logrado ver con más nitidez el vacío. 

Lo que me queda es lanzar el mensaje de que, aunque parezca un robot y se me vea abatido, sigo creyendo que eso esta ahí y se va a cruzar en mi camino. Entonces sonreiré con tranquilidad y podre presumir, con orgullo, de que nunca me había rendido.

https://www.youtube.com/watch?v=JAobfnLtZXo&list=RDJAobfnLtZXo&start_radio=1


domingo, 4 de agosto de 2024

Algo más que añadir

Si me dieras tan solo un segundo más para hablar contigo, es muy posible que tuviese algo que añadir. Y si al marcharte te detuvieras y girases una vez más la vista hacia atrás, recordaría otra cosa que debía contarte. Así sucesivamente, en un bucle infinito por el que nunca nos llegaríamos a despedir. Y aunque desaparezcas por completo, tarde o temprano vendrían a mi mente infinitas cosas que decirte, bajarían hasta mi garganta, pero ya no las dejaría salir. Callaría para siempre, las escribiría y las lanzaría al mar, con la fe ciega de que el agua las arrastrará hasta ti.

Y vaya donde vaya no encontraré el silencio, pues tu risa, tus llantos y tu voz compondrán la banda sonora que sonará de fondo. Da igual que reces porque siga con mi camino y te convierta en un mero recuerdo más, de nada servirá, aunque le vuelques a tus oraciones todo tu corazón. Una parte de mí siempre te estará esperando, y siempre tendré algo más que decir.

No me molestaré en luchar contra ello.

En el mejor de los casos, lo normalizaré, como si fuese una prótesis que me palpite cuando vaya a llover. Y recibiré con agrado esa sensación de dolor, esperando que la lluvia, capaz de conectar cielo y tierra, llegue también hasta ti para recordarte que siempre tendré algo más que decir.

sábado, 20 de julio de 2024

Alzar el puño

La última vez que te vi solo quería escapar de ti, ahora solo quiero escapar de esta realidad en la que me faltas. Diría que soy como el niño que no alcanza a entender que no puede tenerlo todo, pero en realidad solo soy el hombre que no quiere aceptarlo. O tal vez sí que quiero, solo que aún no estoy preparado ¿Qué diferencia hay?

En cualquier caso, es un estado en el que solo ves moverse el mundo, mientras lo observas congelado desde el mismo punto. El tiempo pasa delante de ti sin lograr alcanzarlo, y mientras lo persigues, temes que por el otro lado la misma vida te atropelle. Y todo ello, no sin culpa, pensando que lo estas haciendo mal, que lo podrías hacer mejor.

Da igual donde mires, da igual lo que hagas y da igual lo que busques. Estas ahí atrapado y no puedes huir, tampoco lo puedes cambiar y, por supuesto, tampoco te puedes culpar.

El único camino que queda es aguantar, confiar. Y ten por seguro que un día, dirigirás la mirada hacia tus manos y verás como los dedos se mueven fruto de tu propia voluntad. Aprovecharás y cerrarás un puño, con la furia que te ayudará a calmarte de nuevo. Y verás que el mundo se ha movida contigo, que no te ha dejado atrás. Y podrás alzar ese puño cerrado, para celebrar que tu lucha ha funcionado de nuevo.

domingo, 28 de enero de 2024

La carga de una decisión

 Hay quien dice que no hay nada peor que afrontar la pérdida, seguir adelante cuando tu mente y tu corazón permanecen atrás. Y estoy de acuerdo, pero matizaría esta afirmación. Porque esta carga puede ser aun mayor, cuando parte de tu propia decisión, porque crees que es lo correcto.

Es verdad que en ocasiones te puedes envalentonar, creer que estas afrontando aquello de lo que otras personas huyen. Y cuando piensas de más, llegas incluso a creerte que ofreces una suerte de revolución, que estas por encima de lo que otros no soportan, que eres un héroe estoico del que se podría hacer una película.

La cura de humildad llega de manera silenciosa, cuando menos te lo esperas. Y llega en forma de un objeto que te ves obligado a ocultar, de música que ya no puedes escuchar, de recuerdos que mientras mas bellos son, más duelen, o de planes que tienes que archivar hasta el fin de los tiempos. Estas cosas, e innumerables más dejan en tu corazón vacío inabordable, con el que no hay estoicismo ni resiliencia posible para sostenerle la mirada.

No sigues adelante por ser nadie especial, sino porque no hay otra opción. Solo lo soportas porque ya sabes que se pasará. No le pones voz más allá de estas líneas porque no sabes que lucha están teniendo los demás. Y no puedes culpar a nadie porque es tu decisión.

Hay cargas que vienen dadas y otras te echas tú mismo encima, porque crees que son necesarias. Negocias con la culpa y con la duda, aunque la factura acabará siendo la misma. Y solo puedes rezar por no haberte equivocado, respetar tu propia convicción y tener fe en ella, porque sientes que no hay alternativa.

Si has leído hasta aquí sabes que agradezco el apoyo, la compañía en estos días complicados. Y que no hay que preocuparse, porque me desahogo en los días malos, pero se que quedan muchos buenos por disfrutar. Porque elija la carga que elija, pesen lo que pesen mis decisiones, tengo la fortuna de estar rodeado de los que confían en que hago lo correcto. Y para mi eso vale más que estar acertado.

Gracias a quienes lo saben, por todo.

Siempre vuestro.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Todo lo que ahora te puedo decir

 Todo tiene ahora menos de sentido. cada cosa que me sucede buena o mala, cada nuevo viaje, cada avance en mi vida, incluso en cada partido de futbol que veo, todo parece tener un poco menos de sentido.

De algún modo siempre has hecho mella en el corazón de todo aquel que se acercaba a ti. Sabían desde ese momento que podían contar contigo. Incluso quien te conociese a través de mí, ya me preguntaba por ti la siguiente vez que me veía. Nunca he terminado de entenderlo, te observaba y buscaba las respuestas, pero el efecto me sigue sorprendiendo incluso ahora que no estas.

Ahora creo que empiezo a entenderlo, al relativizarse lo malo y echar en falta todo lo bueno, comprendo un poco mejor la fuerza que ejercías. Con tu voz, tu energía y el cariño que demostrabas a los tuyos. Un todo que era más grande que la suma de sus partes. Y que a su vez deja un vacío igual de grande. Aquel del que me hablaste tantas veces y del que ahora comienzo a tomar conciencia. Es triste que te hayas tenido que ir para que lo entienda, duele demasiado, pero no había otra manera.

Tal vez llegue el día en que no observe ese vacío al final de cada camino que tome y no me quede paralizado. Sé que algún día le tendré que devolver la mirada, como tanta gente lo hace y vive haciéndolo día a día, sin alardes.

Eso es todo lo que ahora puedo decir, lo que quería expresar. Y por encima de todo eso, que siempre te voy a echar de menos, eres parte de mí, de lo que soy, de lo que he sido y de lo que seré, para bien y para mal.

Siempre contigo.