En los últimos días se había propuesto descubrir algún pequeño placer cotidiano. Hoy había elegido recrearse en las ventajas que le daba en el trabajo la doble pantalla. Dos monitores a su servicio, multiplicidad de tareas, un archivo excell y un pdf que bailaban al compás de su ratón y sus atajos de teclado. Subió el volumen de sus auriculares, le dio ritmo a su tarea. Parecía la evasión perfecta, una pequeña victoria en la lucha constante con la monotonía. Él sabía que debía romperse, era inevitable, sería súbito, contundente, y no por ello menos aburrido. Podría ser un mal gesto con el cuello, cuyo dolor le sacase de allí, una llamada al teléfono, un email inesperado de su jefe, pero no fue nada de eso.
Fue
el sonido de una voz, una cuya frecuencia le alcanzaba de un modo que era
imperceptible a los demás. Una voz que le era tan familiar como distante y que
era capaz de captar toda su atención y a la vez mostrarle la mayor de las
indiferencias. Mientras en la oficina se iniciaaba una conversación, él se escabulló
hacia el baño tratando de pasar desapercibido. Podía sentir una mirada que le
seguía, pero por no nada del mundo iba a volver su mirada hacia atrás.
Se
echaba agua fría en la cara, una y otra vez, de manera compulsiva. Cuando al
fin se detuvo, alzó la cabeza y busco su propio reflejo en el espejo. Se encontró
con una mirada impasible, de resignación hacia un dolor que se negaba a
comprender. La voz ya se hallaba lo suficientemente lejos para que no llegase a
sus oídos, pero no había distancia posible para que se fuese de su cabeza.
No había escapatoria, así que cabizbajo, dio media vuelta para enfrentarse de nuevo a ella. Regresaría y se mostraría impertérrito, seguiría fingiendo que no iba con él nada de lo que sucediese a su alrededor. Aunque sabía que ya nada sería igual, la voz le llevará a asomarse hacia dónde no quiere mirar, hacia donde sabe que no puede llegar.
Pero también sabe que debería estar agradecido, por haber madurado lo suficiente para saber que es un lugar que no le convendría, que solo es un bonito sendero que no conduce a ninguna parte. Pero al que sin embargo anhela con perderse en él para siempre.
Ya
con algo más de convicción se había dirigido a la puerta, pero al abrirla notó
como algo no iba como debería. Sintió una brisa que de ningún modo podría llegar
a un lugar tan alejado de las ventanas, como era el pasillo de su oficina. Entraba
una luz que solo el sol más cercano al crepúsculo podía ofrecer y una calidez
que desconocía por completo. Aun así, terminó de abrir la puerta, y el maldito sendero
se alzó hacia él, en un pasillo de largos abetos que culminaba en un avanzado
atardecer.
-Al
final has venido- dijo una voz masculina, de un hombre de avanzaba edad.
Él
permaneció indiferente avanzó sin tan si quiera devolverle la mirada, en ese
momento nada parecía que le pudiese detener. Como poseído, caminaba hacia
delante, ansioso, sin plantearse ni remotamente que pudiese elegir, que le
quedase voluntad.
-
A dónde vas no hay dobles pantallas- le insistió.
-
¿y a quién le importa? – respondió ensimismado.
-
Hace unos minutos parecías disfrutarlo, antes eras tan anodino que habrías sido
incapaz.
-
Antes vivía siempre en la inopia. Ahora déjame avanzar.
-Y
sigues igual, porque ahora crees darte cuenta de todo, pero ni si quiera eres
capaz de darte la vuelta y ver todo lo que has avanzado.
Por
un instante, fue capaz de detenerse, dejo de caminar y esta vez volvió la vista
hacia atrás. El agua aun caía del grifo en el que se había lavado la cara. El
sendero ya no estaba, pero aun podía volver a disfrutar de su doble pantalla.